Una piel acneica se trabaja en cuatro frentes simultáneos, y por eso un activo aislado siempre da un resultado parcial: el exceso de sebo, la hiperqueratinización que obstruye el folículo, el desequilibrio de la flora cutánea y la inflamación.

El protocolo combina por tanto una limpieza purificante no agresiva — una piel maltratada sobreproduce sebo como respuesta, es el error más común —, un seborregulador, un queratolítico tipo ácido salicílico para desobstruir, y un reequilibrante del microbiota. Los enfoques probióticos han cambiado notablemente el panorama en este último punto.

La extracción sigue siendo útil pero se prepara: vapozone o gel desincrustante para reblandecer la película córnea, y después un gesto medido. Una extracción forzada deja una marca pigmentaria que durará mucho más que el comedón.

Dos puntos que conviene plantear con la clienta desde la primera sesión. La piel grasa necesita hidratación, no resecamiento: un gel-crema regulador no la empeorará. Y un acné inflamatorio extenso, nodular o quístico corresponde al dermatólogo, no a la cabina — decirlo pronto le da credibilidad y evita asumir una responsabilidad que no le corresponde. Los parches con ácido salicílico complementan bien el seguimiento entre sesiones.

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