La cavitación y los ultrasonidos estéticos se apoyan en el mismo fenómeno físico, a frecuencias y profundidades distintas — de ahí dos usos que no conviene confundir.

La cavitación, en torno a 40 kHz, crea en el tejido adiposo microburbujas cuya implosión fragiliza la membrana del adipocito. El contenido liberado lo asumen después las vías linfática y hepática: de ahí la importancia de un drenaje al final de la sesión y de una buena hidratación entre sesiones. Sin ello, parte del trabajo se pierde.

Los ultrasonidos de 1 o 3 MHz trabajan mucho más en superficie: efecto térmico, flexibilización de los tejidos y sobre todo sonoforesis, es decir penetración de activos. Es otro oficio, tanto en rostro como en cuerpo.

En ambos casos, la onda no pasa sin soporte conductor, y un gel mal elegido o aplicado con demasiada avaricia hunde el rendimiento — a veces a la mitad — además de generar incomodidad. Es la partida en la que no hay que ahorrar.

Las contraindicaciones son reales: embarazo, implantes metálicos, marcapasos, patología hepática o renal. Se verifican en cada sesión, no solo en la primera cita.

Los activos y los tratamientos

El equipo y la técnica

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