Un peeling se juzga tanto por su preparación y su seguimiento como por el ácido empleado. Es la parte del protocolo que se recorta cuando falta tiempo, y es justo ahí donde se producen los accidentes.

Tres familias responden a necesidades distintas. El peeling químico — ácidos de frutas, mandélico, láctico, salicílico, TCA — actúa por queratólisis y se dosifica mediante la concentración, el pH y el tiempo de exposición. El peeling enzimático trabaja por digestión de los corneocitos, sin acidez: es la opción para pieles reactivas y para el mantenimiento regular. La exfoliación mecánica sigue siendo el gesto de confort y preparación, sin profundidad de acción.

La preparación cuenta doble. Una loción queratolítica aplicada los días previos homogeneiza la capa córnea y evita las penetraciones irregulares, responsables de las manchas postinflamatorias. El desengrasado justo antes de la aplicación condiciona la regularidad del resultado. Y el neutralizante debe estar al alcance de la mano antes de empezar, no buscándose en un cajón.

El fototipo y la estación deciden la profundidad: por encima del fototipo IV, el riesgo de hiperpigmentación postinflamatoria obliga a la prudencia y a una preparación despigmentante previa. El seguimiento — mascarilla reepitelizante, reparador, protección solar estricta — no es una opción comercial: es lo que asegura el resultado.

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