La flacidez del óvalo es la primera demanda estética a partir de los cuarenta, y la más delicada de cumplir: la clienta espera un efecto visible al terminar la sesión, mientras que la reestructuración real exige una cura.

Esos dos tiempos requieren productos distintos. El efecto tensor inmediato se apoya en agentes filmógenos y péptidos que retraen la superficie — el resultado es nítido, espectacular, y se desvanece en pocos días. La reestructuración de fondo pasa por el colágeno, el silicio orgánico, el DMAE y los factores de crecimiento, que actúan sobre la densidad dérmica y necesitan de seis a diez sesiones para consolidarse. Explicar esta diferencia al inicio de la cura evita la decepción en la tercera sesión.

Los hilos tensores de colágeno ocupan un lugar aparte: reabsorbibles, no médicos, colocados en superficie, combinan un efecto mecánico inmediato con una estimulación colagénica prolongada. Las cremas conductoras acompañan la radiofrecuencia o las microcorrientes y añaden un beneficio cosmético al paso del aparato.

Un último punto, a menudo olvidado: el óvalo se dibuja tanto por el cuello y el ángulo mandibular como por la mejilla. Un protocolo que se detiene en la línea del mentón deja la mirada tropezando con una zona sin tratar, y el resultado parece incompleto aunque sea bueno.

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